Hay alimentos que no solo se consumen. Se viven, se comparten, se recuerdan y el pan es uno de ellos.
Desde hace miles de años, el pan ha acompañado a la humanidad. Ha estado presente en las mesas más sencillas y en los momentos más significativos. Es, al mismo tiempo, alimento y símbolo de comunidad, de tradición, de cercanía. Su valor no es únicamente nutricional, que sí lo tiene, sino también profundamente social y cultural.
Quizá esa sea la razón por la que su presencia es tan cotidiana, que a veces pasa inadvertida. Está ahí, siempre.
En México, mi país, el pan forma parte incluso del lenguaje cotidiano. Decimos “más bueno que el pan” o “las penas con pan son buenas”, expresiones que, más allá de su sentido literal, revelan una relación cercana, casi afectiva, con este alimento que acompaña la vida diaria.
Mi relación con el pan, sin embargo, también es personal. Hace veinticuatro años inicié mi camino en Grupo Bimbo. Soy ingeniera en alimentos, y desde el inicio de mi carrera supe que quería dedicar la ciencia aplicada a algo tan esencial como lo que comemos. Me inspiraba, y me sigue inspirando, la posibilidad de contribuir, desde la tecnología y la nutrición, a mejorar lo que llega a la mesa de millones de personas.
He tenido la fortuna de trabajar en una empresa cuyos valores resuenan con los míos, y en donde he podido aportar, con mi propio “grano de harina”, a la evolución de un alimento que para muchos es casi mágico en su sencillez. Porque el pan, cuando se entiende desde la ciencia, es fascinante.
A lo largo de estos años, también he sido testigo de cómo ha cambiado la percepción sobre el pan y, en general, sobre los carbohidratos. En distintos momentos, han pasado de ser la base de la alimentación a ser cuestionados e incluso evitados.
Sin embargo, la evidencia científica es más matizada. El pan, especialmente cuando incorpora granos enteros, micronutrientes y fibra, puede formar parte de una alimentación equilibrada, aportando carbohidratos complejos, energía, fibra y otros nutrimentos relevantes.
Como en muchos aspectos de la nutrición, el contexto, la calidad de los ingredientes y los patrones generales de consumo son clave.
Con el tiempo, esta conversación se ha ampliado hacia los alimentos procesados en general. He visto surgir y consolidarse narrativas que cuestionan profundamente el papel de la industria alimentaria. Algunas de estas inquietudes son legítimas y han impulsado cambios positivos. Otras, en cambio, simplifican una realidad que es mucho más compleja.
Porque también es cierto que la innovación en alimentos ha sido una de las grandes aliadas de la humanidad. Ha permitido mejorar la seguridad, la conservación, la accesibilidad y la asequibilidad de los alimentos. Ha hecho posible llevar los productos a más personas, en más lugares, con mayor calidad y consistencia.
En ese contexto, he sido testigo cercano, y parte activa, de la transformación.
En Grupo Bimbo hemos entendido que nuestro rol implica evolucionar constantemente. Durante años hemos trabajado, de manera progresiva y consistente, en mejorar nuestras recetas, nuestros perfiles nutrimentales, nuestros ingredientes y nuestros procesos.
Hemos reducido componentes críticos, incorporado opciones con mayor contenido de fibra y granos enteros, y fortalecido la transparencia en la forma en que comunicamos a nuestros consumidores buscando crear y robustecer su confianza hacia nuestros productos y marcas.
Nada de esto ocurre de un día para otro. Las transformaciones en alimentos no son inmediatas ni visibles de manera espectacular. Son el resultado de investigación, desarrollo, pruebas, ajustes y, sobre todo, convicción. Son pequeños cambios que, acumulados en el tiempo, generan un impacto real.
Y ese impacto ya es medible. A través de nuestros informes anuales, es posible ver avances concretos en la evolución de nuestro portafolio: mejoras en perfiles nutrimentales, transformación de las recetas e ingredientes que utilizamos, desarrollo de innovación, ampliación de opciones más balanceadas y una mayor alineación con las recomendaciones actuales de salud pública.
Aun así, el camino no ha terminado. La nutrición es un campo dinámico, las expectativas de los consumidores evolucionan, la ciencia avanza. Y con ello, también debe hacerlo la industria de los alimentos.
Queda mucho por hacer. Pero si algo he aprendido en estos veinticuatro años es que el cambio sostenible se construye con tiempo, con rigor, con propósito. Y también con humildad: escuchando, ajustando y mejorando continuamente.
Hoy, cuando pienso en el pan, no solo pienso en un alimento. Pienso en historia, en cultura, en ciencia, y también en responsabilidad.
La responsabilidad de seguir mejorando lo que hacemos, de contribuir a una conversación más equilibrada sobre la alimentación, y de recordar que detrás de cada producto hay personas, decisiones y un compromiso constante por hacerlo mejor.
Porque, al final, el pan sigue siendo y será lo que siempre ha sido: un alimento cercano, profundamente humano, y parte esencial de nuestra vida.
Por Zully Corona Zurita
Líder Global de Nutrición, Grupo Bimbo